La simpleza con la que nos besamos por primera vez, me recuerda, a grandes rasgos a esas bromas sin sentido y pueriles de niños chicos. El tejemaneje de mi mente en esos momentos era una nebulosa de pensamientos atronadores, sin orden ni concierto, en un intento de explicarme a mi misma la frase hecha de "hacer el amor", ya que la palabra "hacer" en toda su forma, impávida y vacía concuerda y encaja a la perfección con la abstracción poética de la palabra "amor".
De la misma forma que con esos pensamientos me vuelvo cada vez más pudorosa y con más remordimientos de conciencia, he intentado (y por ahora conseguido) no tener que huir de ese mismo reconocimiento que se hace maquinalmente, por lo menos, una vez al mes. He conseguido que durante el infierno que supone eso de conocerse a una misma, y saber tus fallos y que realmente rozas la locura, no sentir la necesidad de descolgar el teléfono para hablar con un amigo, encenderme un cigarro o descorchar cualquier botella que me hiciese olvidar de un plumazo todo lo masticado, re-masticado y rumiado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario