Llevo tanto tiempo buscándote que incluso la Luna me ha abandonado alegando que el miedo irracional y obsesivo que tengo a estar sin ti es una estúpida simbiosis entre mi presente y los dibujos que una vez llegué a hacer.
Las sábanas ya no forman ese escudo entre el exterior y mis pensamientos en el que siempre me había refugiado intentando simular que ya no necesito tus brazos, fuertes, asperos, pero a la vez tan suaves cuando me rozan.
Mis ojos no son capaces de hacerme sentir viva, siguen buscando cada rastro de ti. Cuando estoy en esos bares, en esos sitios, no pueden parar de buscar las miles de confesiones echas al oído, los poemas de amor, vomitados a causa de tantos golpes, las vidas cambiadas a nuestro antojo, los castillos que hemos codiciado, y de los que ahora no quedan los cimientos, por nuestra propia estupidez, demasiadas horas muertas mirándonos a los ojos, y acariciando el contornos de tus labios hasta que como un tatuaje han quedado grabados en mis dedos.
Que ahora son torpes, insensibles ya que si no son capaces de reconocerte no quieren dejar escapar las colillas humeantes que son las únicas de hacerles entrar en calor.
Las centenares de letras de canciones susurradas con la voz queda, entonadas como himnos, que para nosotros tanto representaban, ya ni si quiera tienen sentido.
Nuestras horas, domadas para que saltasen a nuestro antojo, para que nos brindasen la libertad tan ansiada, nos han abandonado, viendo nuestra maldita confusión. Perpretados ya los homicidios bajo la torre Eiffel, el miedo sigue siendo el mismo, ya no tiene sentido, te perdí.

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