El
último cigarro, tantas veces prometido que sería el último... bueno el
penúltimo; como siempre se decía, al igual de eso de dejar el café, bueno o por
lo menos usar solo un azucarillo. Miles de promesas y de maletas desechas,
sacada ya la rabia y el odio del equipaje, miles de trenes sin rumbo que
desembocan en lágrimas y días lluviosos.
Solo
las nubes sabían de dolor, solo las latas de cerveza la acompaban en sus más
tristes tardes.
Volvió a recordar la conversación, otra vez...
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